EL PRECIO DEL ORO

EL PRECIO DEL ORO

El Gran Anfiteatro de Roma no olvida el olor de la sangre derramada en el Año 298. Para Aurelio Cassian, ese olor era el precio de la vida de su madre. Él no era un Seneca pedante; era un cazador humilde, amigo de Trajano, un hombre de buen corazón que solo quería salvar a la mujer que le dio la vida. Entrenó durante años, sin descanso, con la promesa imperial de que el ganador del Gran Torneo recibiría el oro suficiente para sanar cualquier mal.

El primer día, la arena fue un caos. Una batalla campal entre diez de los mejores cazadores jóvenes. Aurelio peleó con desesperación, ciego por la meta. Su acero cortó y estocó, y cuando el silencio regresó a la arena, él era el único que quedaba en pie. Asustado por la bajeza de sus propios actos, se acercó a los cuerpos y, uno a uno, les quitó los cascos.

El grito de Aurelio fue ahogado por el rugido de la multitud, que disfrutaba de un espectáculo que él solo sentía como una condena. Eran todos sus amigos. Los hombres con los que había compartido pan y sueños en los cuarteles de cazadores. Lloraba sobre sus cuerpos, pero en su mente, la imagen de su madre enferma se imponía. Tenía que ganar.

El segundo enfrentamiento fue la crueldad absoluta. Los ganadores, cara a cara. A Aurelio le tocó su propio hermano menor.

-Mátame, Aurelio -le rogó el pequeño, con la voz quebrada-. Gana el dinero y ayuda a mamá. Yo no puedo hacerlo.

Aurelio se negó.

-¡Peleen! -rugía el público, abucheando la conversación.

El Emperador, aburrido por la falta de sangre, alzó la mano y ordenó a los pretorianos que los mataran a ambos. Ante la sentencia de muerte inminente, el hermano menor tomó una decisión desesperada. Se lanzó contra Aurelio, chocando espadas, forzando un combate que ninguno quería. Chocaban el acero con fuerza, pero sin intención de matar, una danza de farsa que la gente, ignorante, aplaudía como una batalla feroz.

Mientras peleaban, Aurelio planeó su rendición. En el siguiente ataque, no protegería su pecho. Dejaría que su hermanito ganara. Pero antes de que pudiera ejecutar su plan, su hermano se adelantó. Hizo exactamente lo mismo: bajó la guardia, sonriendo, entregando su vida. El acero de Aurelio, impulsado por el movimiento, le partió el pecho.

Entre sangre, lágrimas y palabras de auxilio que la multitud bizarra celebraba, Aurelio vio morir a su hermano menor en sus brazos. Los soldados romanos tuvieron que retirarlo a la fuerza, arrastrándolo mientras él gritaba por lo que había hecho.

Para el tercer día, solo quedaban cinco cazadores. Aurelio estaba destrozado emocionalmente, una cáscara vacía. El destino, con una ironía macabra, lo dejó de pie a un lado mientras los otros cuatro peleaban entre ellos en parejas. Antes de que terminaran los combates, el Emperador alzó la mano de nuevo.

-Deténganse -ordenó el César-. Ya tenemos un ganador.

El Emperador llevó a Aurelio a sus estancias privadas, una habitación de lujo insultante. Sobre una mesa de mármol, descansaba un pequeño cofre de ébano.

-No buscaba al mejor guerrero de Roma, Aurelio Cassian -dijo el Emperador, abriendo el cofre para revelar el latido ámbar de FULVUS-. Buscaba al más corrompido. Y hoy, he visto cómo tu alma se rompía en pedazos. ¿Tienes sed de venganza contra este mundo cruel?

El César le prometió el cielo y la tierra a cambio de un solo acto: consumir el corazón de Fulvus.

Aurelio no pensó. No dudó. No pronunció una sola palabra. Se inclinó sobre el cofre y consumió el latido ámbar de un solo movimiento. En ese instante, el recuerdo de su madre se desvaneció, reemplazado por la lealtad absoluta al trono. Desde ese momento en el Año 298, Aurelio Cassian dejó de existir, y Fulvus, el Rayo del César, nació para obedecer.

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