INTERLUDIO: RÓMULO DE LUTEUS
INTERLUDIO: RÓMULO DE LUTEUS
I. El Mandato del César Noble
Roma no siempre fue un nido de cuervos. En el Año 133, el hombre que se sentaba en el trono aún recordaba que el poder era un préstamo de los dioses, no una propiedad. Frente a él, en el salón privado del Palatino, se encontraba Rómulo Seneca.
Rómulo era la anomalía de su linaje. Mientras sus primos conspiraban por tierras y esclavos, él pasaba sus días estudiando el ciclo del trigo y la sanación de la tierra. Su corazón era fértil, y por eso, el Emperador lo eligió.
-Roma se está pudriendo desde la raíz, Rómulo -le dijo el César, entregándole el cofre de ébano que contenía el latido ámbar de Luteus-. Los corazones no deben ser armas. Llévatelo. Sal de las murallas. Que el mundo respire fuera de nuestro control.
Rómulo aceptó la carga. No por ambición, sino por deber. Esa noche, el último Seneca con buen corazón abandonó la capital, llevando en su pecho la fuerza de la tierra misma. Pero no se fue solo. En las sombras del trono, un hombre de mirada milenaria observaba: Dante, el portador de Viridis.
II. La Persecución de los Cien Años
Lo que siguió fue una guerra de desgaste que la historia oficial de Roma borró de sus pergaminos. Rómulo huyó hacia las fronteras, transformando desiertos en oasis y protegiendo aldeas con muros de barro que ninguna legión podía derribar. Pero Dante era la eternidad encarnada.
Dante no necesitaba vencer a Rómulo en un día. Le bastaba con no morir.
Durante un siglo, se enfrentaron en las montañas, en las selvas y en las costas. Rómulo envejecía, su cuerpo se agotaba por el uso de la alquimia, pero su voluntad se mantenía firme. Dante, en cambio, regeneraba cada herida, cada corte, cada gota de sangre derramada. La pelea fue un ciclo cruel: el hombre que protegía la vida contra el hombre que no podía perderla.
En el Año 233, en las faldas de los Alpes, Rómulo cayó. Su cuerpo, desgastado por cien años de resistencia, finalmente cedió ante la fatiga biológica. No fue una derrota de poder, fue una derrota de tiempo.
III. El Regreso del Trofeo
Cuando Dante entró en Roma arrastrando a un Rómulo catatónico, el Emperador Noble ya era polvo. El nuevo César vio en aquel "héroe caído" una oportunidad desperdiciada.
—Es un Seneca —sentenció el Emperador, mirando con desprecio el cuerpo de Rómulo—. Que su propia sangre se encargue de él. Que sirva para algo más que para huir.
Rómulo fue entregado al abuelo de Lucius. Fue allí donde comenzó el horror técnico. Los Seneca, expertos en el control y la jerarquía, no querían a un portador libre; querían el poder de Luteus sin la voluntad de Rómulo. El abuelo de Lucius grabó sellos de inmovilidad en su espina dorsal, desconectando su mente de sus músculos. Transformaron al hombre que amaba la libertad en una estatua de carne que solo servía para sangrar.
IV. Rómulo de Lucio
Las décadas pasaron y Rómulo se convirtió en un objeto de herencia. De padre a hijo, el cuerpo fue transferido como una joya maldita. Cuando llegó a manos de Lucio, el primo de Marco, la técnica ya estaba perfeccionada.
Lucio no veía a un antepasado noble. Veía una fuente de combustible. Aprendió a coser su propia capa a los hombros de Rómulo, a conectar sus canales alquímicos a la sangre del Draco Duce.
Ahora, mientras camina hacia la aldea de Livia, Lucio siente el latido sordo de Rómulo contra su propia espalda. Es una presencia constante de poder puro que Lucio intenta, noche tras noche, dominar por completo. Pero Rómulo, en su silencio eterno, sigue resistiendo. Sigue siendo el muro de barro que Dante no pudo romper del todo, esperando el momento en que otro corazón hermano sienta su agonía y decida, por fin, darle el descanso que Roma le ha negado por dos siglos.
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