CAPITULO 2: El niño dragón y los últimos Noiresang
CAPITULO 2: El niño dragón y los últimos Noiresang
Cuando Matthias, Leoric y Sabine regresaron del pueblo, notaron que algo no estaba bien. Se escuchaban pasos pesados, voces de soldados romanos y el sonido metálico de sus armaduras moviéndose entre la maleza. Rápidamente, se escabulleron entre los árboles y lograron escuchar al comandante de los soldados dar una orden.
-Hace 10 años, este fue el lugar donde se vio por última vez un Noiresang.
Otro soldado respondió con desprecio -Malditos Noiresang, nos han hecho pasar años fuera de los cuarteles.-
El comandante era un alquimista de la familia Seneca, aquellos que aún servían al Imperio. Se arrodilló y sacó de su cinturón un diente de dragón, colocándolo sobre un sello dibujado en la tierra. Con un murmullo en latín antiguo, el diente se desintegró y una bestia humeante y fantasmal emergió de la nada.
Sus ojos brillaban con intensidad, y en cuanto su amo le susurró -Busca un Noiresang-, la criatura se lanzó en dirección a Matthias y sus amigos.
Sabine y Leoric sintieron un escalofrío. Sabían que solo los Seneca usaban dientes de dragón para ofrendar a Cinereus, lo que los hacía aún más peligrosos.
-Debemos hacer algo ahora-, murmuró Sabine.
Matthias apretó los dientes, listo para pelear, pero Sabine ya estaba dibujando un sello en el suelo con su tiza de alquimista. Leoric ofrendó 12 escamas y un denso aroma púrpura empezó a expandirse en el aire. El espíritu se detuvo, confundido, y desapareció a pocos centímetros de Sabine.
-Eso fue alquimia... Están aquí.- El comandante Seneca frunció el ceño.
De inmediato, ordenó a su legión dispersarse.
-¡Están acá!- Un soldado los vio entre los árboles y gritó:
Matthias, sin pensarlo, golpeó sus puños contra una roca una y otra vez hasta que la sangre cubrió sus manos. El soldado quedó paralizado por el horror al verlo frotar su sangre por sus brazos
-Apúrense, funcionen- Matthias murmuraba desesperado.
De repente, su piel se endureció y escamas emergieron de sus brazos, dándole la fuerza de un dragón sin perder su forma humana. Con un solo golpe, Matthias derribó al soldado y saltó sobre la gran piedra.
-Si eres un Seneca, ¡lucha conmigo!- Matthias desafió al comandante.
El comandante Seneca lo miró con interés y murmuró -Tú no eres un Noiresang...
Sacó dos dientes de dragón de su cinturón y los ofrendó. De inmediato, dos espíritus con forma de demonios emergieron y se lanzaron sobre Matthias.
Sabine ya tenía listo un nuevo sello y ofrendó 20 escamas para liberar un aroma rojo. Matthias no lograba golpear a los espíritus hasta que el aroma lo envolvió.
-¡Matthias! Este aroma te ayudará-, gritó Sabine.
Matthias sintió un calor recorrer sus brazos. No tenía mucho tiempo antes de perder su transformación, así que se apresuró y conectó dos golpes certeros a los espíritus y luego a los soldados que se acercaban.
Leoric aprovechó la oportunidad y ofrendó 15 escamas, congelando al comandante en su lugar. Él y Sabine tomaron a Matthias, cuyos brazos ya volvían a la normalidad.
-Es nuestra oportunidad de escapar- dijo Sabine mientras lo arrastraban lejos del combate.
Muy lejos de allí, en las montañas Apeninos, Trajano miraba el cielo estrellado. Apretó el puño y susurró -Cinereus, cuida de Matthias.- Sabía que no recibiría respuesta, pero en su corazón, deseaba que su hermano estuviera a salvo.
-¡Trajano!-, llamó un soldado. -El comandante quiere que nos movamos.-
Trajano se puso de pie y miró a su alrededor. Estaban en una expedición con más soldados y otro comandante Seneca. Su misión: cazar dragones para obtener sus dientes y fortalecer al Imperio.
El comandante se acercó y le habló con una sonrisa confiada. -Recuerda, si encontramos a Ater, esta expedición pasará a la historia.
-Si logramos regresar con dientes de dragones, ya será una victoria.- Trajano asintió
El viento helado soplaba en la cima de la montaña, presagio de que la caza estaba por comenzar.
Al amanecer, Matthias, Leoric y Sabine despertaron en el bosque cercano al pueblo. La noche anterior habían logrado huir, pero ahora el peligro era mayor. Desde su escondite, vieron que el pueblo estaba repleto de romanos. Se había corrido la voz: un Noiresang y un niño dragón habían sido avistados. El Imperio estaba en alerta.
-El corazón de Ruber...-, susurró Leoric. -Hace diez años fue robado. Ahora el Imperio está asustado porque creen que un niño lo heredó.-
Matthias apretó los puños. Sabía que él era ese niño.
Necesitaban salir del pueblo, pero antes, debían conseguir provisiones. Se acercaron sigilosamente a un puesto de frutas atendido por una anciana.
-Déjenmelo a mí-, dijo Sabine con una sonrisa.
Dibujó un sello con su tiza y ofrendó escamas. Un aroma de color azul se esparció, confundiendo a la anciana. En ese instante, Matthias y Leoric tomaron toda la fruta que pudieron y salieron corriendo del pueblo lo más rápido posible.
La cacería apenas comenzaba.
El sol se ocultaba tras las colinas cuando Matthias, Leoric y Sabine divisaron a un grupo de soldados romanos frente a una carreta volcada. Cuatro campesinos de rostro curtido y ropas raídas estaban de rodillas, sus expresiones oscilaban entre la sumisión y la desesperación.
-Los impuestos han subido -gruñó uno de los soldados, un hombre de hombros anchos con una cicatriz en la mejilla-. ¿O acaso prefieren que quememos su granja?
Uno de los campesinos, un hombre de cabello cano, apretó los puños. -Ya pagamos lo que debíamos. No tenemos más.
El soldado respondió con un golpe que lo arrojó al suelo.
-Basta. -La voz de Matthias resonó en la explanada.
Los soldados se giraron con sorpresa. Eran cinco en total, armados con lanzas y escudos.
-¿Y ustedes quiénes son? -espetó el de la cicatriz.
-Los que van a evitar que sigan robando -dijo Leoric, adelantándose.
El primer soldado desenvainó su espada. -Niños jugando a ser héroes. Será rápido.
Matthias no esperó. Se arrojó hacia adelante y recibió el primer golpe con su brazal de cuero. Su puño impactó en la mandíbula del soldado, haciéndolo tambalearse. Otro trató de acuchillarlo, pero Matthias giró sobre su eje y se dejó caer, esquivando la estocada.
-¡Leoric! -gritó.
Leoric ofrendó 10 escamas y la luz que se filtraba entre los árboles se convirtió en filamentos brillantes. Con un gesto veloz, la concentró en una esfera y la lanzó contra el rostro de un soldado, cegándolo momentáneamente.
Sabine ya estaba en movimiento. Ofrendó 20 escamas y el aroma rojizo se expandió en el aire, envolviendo a Matthias. Sus músculos se tensaron con una fuerza renovada.
-¡Ahora! -exclamó Sabine.
Matthias se lanzó de nuevo a la ofensiva. Su codo se estrelló contra el pecho de un soldado, haciéndolo caer de espaldas. Se giró justo a tiempo para recibir un corte en el brazo, pero en vez de retroceder, se golpeó la herida y esparció su sangre sobre su brazo derecho. La piel se endureció, brotaron escamas de dragón. y golpeó el escudo del último soldado con tal fuerza que lo astilló.
Los soldados, aterrados, dieron un paso atrás.
-Largo de aquí -dijo Leoric.
Los romanos no lo dudaron. Huyeron entre la maleza, dejando atrás las monedas que habían arrebatado.
Los campesinos se pusieron de pie, aún temblorosos. El de cabello cano tomó la mano de Matthias.
-Gracias. No olvidaremos esto.
La noticia viajaría rápido. Matthias y los Noiresang acababan de convertirse en nombres que resonarían en toda la región. Y en Roma, alguien empezaría a preocuparse.
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