El corazón de Ruber
El corazón de Ruber
El viento arrastraba el olor a sangre y ceniza cuando Ruber, el Draco Duce carmesí, cayó al suelo con un estruendo que sacudió la tierra. Su aliento era débil, su cuerpo cubierto de heridas mortales, y sus ojos, aún encendidos por la determinación, se clavaron en el caballero legendario. Con voz profunda y agonizante, pronunció su última advertencia:
"Nuestros corazones deben ser utilizados para el bien de la humanidad, no para el bien personal del emperador."
El caballero sintió que aquellas palabras se incrustaban en su mente como una herida abierta. Pero no respondió. Se limitó a inclinar la cabeza, observando cómo la vida abandonaba al majestuoso dragón.
De regreso en el campamento, la victoria fue celebrada con cánticos y vino. Los legionarios bebieron hasta el hartazgo, celebrando la caída de otro Draco Duce. En el centro de la reunión, un Seneca observaba con frialdad, asegurándose de que los corazones recolectados estuvieran bien resguardados. Entre los soldados, uno se movía con una calma calculada: Cacus Drago, un veterano que servía con lealtad aparente, pero cuyos pensamientos estaban en otra parte.
Cacus hizo circular más vino, animando a sus compañeros a beber sin medida. Él mismo fingió participar, inclinando el cáliz sobre sus labios sin tomar una gota. Sabía que el tiempo jugaba a su favor. Uno a uno, los legionarios fueron cayendo en la inconsciencia, vencidos por la embriaguez. Incluso el Seneca, confiado en la seguridad del campamento, terminó desplomándose en su asiento.
Cuando la oscuridad de la noche cubrió el campamento y los ronquidos de los soldados llenaron el aire, Cacus se deslizó entre las sombras. Su destino era la carpa del caballero legendario, donde se guardaban los corazones de los dragones caídos. Con sigilo, apartó la lona y entró. La luz de la luna se filtraba entre las costuras de la tela, iluminando la figura dormida del caballero. Su respiración era pesada, el cansancio y el vino lo mantenían en un sueño profundo.
Con pasos medidos, Cacus rodeó el lecho del caballero hasta llegar a un cofre de madera reforzada. Con manos firmes, levantó la tapa con lentitud y ahí, envuelto en un paño ceremonial, yacía el corazón de Ruber. Un objeto imponente, aún latiendo con una débil energía roja. Con cuidado, lo tomó entre sus manos y cerró el cofre en silencio. Se quedó inmóvil por un instante, asegurándose de que el caballero no despertara.
Luego, como una sombra, salió de la tienda y avanzó con calma aparente. Cada paso lo alejaba del centro del campamento, hasta que las tiendas quedaron atrás. Entonces, rompió en una carrera desenfrenada. Su corazón latía con fuerza mientras la adrenalina lo impulsaba a alejarse lo más rápido posible. Sabía que al amanecer descubrirían el robo, y la cacería comenzaría. Pero él ya no estaría allí.
Durante catorce días, Cacus fue perseguido sin descanso. No detuvo sus pies, casi no se alimentó y fue atacado incontables veces por los romanos, pero de alguna manera logró librarse de cada enfrentamiento. Su destino era claro: debía llevar el corazón de Ruber a las manos de los Noiresang, su gente. Sin embargo, sabía que no podía arriesgarse a regresar directamente mientras los romanos le pisaban los talones. Solo cuando la persecución pareció cesar, se permitió volver a casa.
Pero su regreso no pasó desapercibido. Sin que él lo supiera, los romanos lo siguieron de cerca. Apenas llegó al hogar de los Noiresang, desesperado por encontrar ayuda, la emboscada comenzó. De entre las sombras emergieron soldados imperiales, listos para atacar. Dos figuras se interpusieron entre él y sus enemigos: los padres de Leoric y Sabine. Sin dudarlo, se enfrentaron a los romanos para proteger a Cacus.
-¡No tienen que hacer esto! ¡Si luchan, revelarán su ubicación!- les advirtió Cacus, pero ya era demasiado tarde.
Desde la penumbra apareció Lucius Seneca, el más influyente de su generación, acompañado de su joven hijo, Marcos, que aún era solo un niño. Con una voz fría y calculadora, Lucius ofrendó 30 dientes de Dragón, lo que le permitiría crear barreras impenetrables, las cuales rodearon a los Noiresang.
Aprovechando la distracción, Cacus se deslizó hacia la casa. Allí encontró a Matthias, su hijo con apenas cuatro años, encogido en un rincón, temblando ante los estruendos de la batalla afuera. No se asomó a ver, pero su miedo era palpable.
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