CAPITULO 4: Noiresang vs Seneca
CAPITULO 4: Noiresang vs Seneca
Matthias intentó ponerse de pie, su respiración era pesada y cada músculo de su cuerpo ardía con el peso del combate. A duras penas logró sostenerse sobre una rodilla cuando sintió el suave toque de Sabine, quien, con manos temblorosas pero decididas, sacó de su bolsa un puñado de escamas. Sin dudarlo, dejó caer treinta de ellas sobre un sello dibujado apresuradamente en el suelo.
El aire vibró con energía cuando el Aroma Rojo comenzó a formarse. Un resplandor carmesí lo envolvió, infundiéndole fuerza y revitalizando sus extremidades. Matthias sintió un impulso renovado en su cuerpo, como si la fatiga se disipara en un solo aliento.
Marco Seneca, que observaba todo con una mirada analítica, esbozó una leve sonrisa.
—No tienes que usar la fuerza si no la necesitas —dijo con calma, con la seguridad de alguien que ya conocía el resultado.
Matthias no esperó. Se lanzó contra Marco con la furia de un guerrero herido, su puño impulsado por la alquimia de Sabine. Sin embargo, antes de que pudiera alcanzarlo, sintió cómo su brazo se desmoronaba. Sus dedos se convirtieron en polvo al cruzar un campo invisible, y la fuerza que lo llenaba comenzó a desvanecerse. Un sello resplandecía en el suelo entre ellos, irradiando un aura de desmaterialización.
El dolor lo atravesó como un relámpago. Sus gritos resonaron en la arena improvisada, un eco de su desesperación.
Crixo, que observaba desde un costado con impaciencia, se acercó a Marco con una mirada de fastidio.
—Déjame acabar con él —pidió con voz firme, ansioso por demostrar su brutalidad.
Matthias temblaba, el sudor y la sangre se mezclaban en su piel. La diferencia de fuerzas entre él y sus oponentes era abismal. Su orgullo le ordenaba resistir, pero su cuerpo se negaba a responder.
Desde los muros, una voz rasgada por el esfuerzo interrumpió la escena.
—¡Sabine! —Leoric apenas podía mantenerse en pie, apoyándose contra la piedra con una herida abierta en el costado.
Sabine giró la cabeza, su expresión reflejaba una angustia desesperada.
—¡No me quedan escamas! —gritó, mostrando sus manos vacías excepto por diez escamas que no bastarían para realizar otra transmutación significativa.
Leoric entrecerró los ojos, buscando una solución en medio del caos. Entonces, notó la sangre de Matthias esparcida en el suelo, manchando las grietas de la piedra donde había caído. Una idea cruzó su mente como un relámpago.
Sin perder tiempo, se arrastró hasta la mancha rojiza y hundió sus manos en la sangre fresca de su amigo. Marco y Crixo lo miraron con una mezcla de asombro y desdén.
—Ese niño está desesperado —comentó Crixo con desdén—. Será mejor que acabe con él ahora mismo.
Marco, sin embargo, mantenía su expresión serena.
—De un Noiresang todo podemos esperar —murmuró, con una chispa de curiosidad en la mirada.
Leoric tenía listo un sello dibujado y presionó sus palmas contra él.
—¿Sin ofrenda? —murmuró Marco con incredulidad.
Un instante de silencio fue roto por un estruendo en el cielo. Desde lo alto, columnas de luz descendieron con furia, concentrándose en Leoric. La energía se condensó en sus manos, transformándose en lanzas resplandecientes.
Sin dudarlo, Leoric lanzó la primera contra Crixo. El guerrero apenas tuvo tiempo de reaccionar; se apartó en el último segundo, pero la lanza rozó su brazo, quemando la tela de su uniforme y dejando una marca ardiente en su piel.
La segunda lanza se dirigió hacia Marco. Él no se movió. Sus ojos siguieron el proyectil de luz con fría determinación. Justo antes del impacto, deslizó su pie sobre un sello oculto en el suelo. En el momento en que la lanza tocó el espacio frente a él, desapareció en un parpadeo, desintegrada en el campo de desmaterialización.
Leoric sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Su respiración se volvió errática. El uso de la sangre de Matthias había funcionado… pero el costo era alto.
Marco lo miró con renovado interés.
—Así que la alquimia de los Noiresang aún guarda secretos…
Crixo, con el rostro torcido en furia, se llevó una mano al brazo herido.
—¡Voy a arrancarle la cabeza!
Dio un paso al frente, pero Marco levantó una mano, deteniéndolo.
—Espera —ordenó, sin apartar la vista de Leoric—. Quiero ver hasta dónde puede llegar.
Leoric apretó los dientes. Sus fuerzas estaban al límite, pero aún no podía rendirse.
Matthias abrió las manos. Un nuevo estruendo rasgó el cielo y, una vez más, columnas de luz descendieron con furia. Dos lanzas emergieron en sus palmas, vibrando con un resplandor dorado.
Sin dudarlo, las lanzó ambas contra Crixo. El guerrero esquivó la primera por puro instinto, pero la segunda le atravesó el abdomen, perforando su armadura como si fuera papel. Crixo soltó un alarido de dolor y cayó de rodillas, su sangre oscureciendo el suelo bajo él.
Leoric ya tenía dos lanzas más en sus manos. No necesitaba pensar; la alquimia respondía a su voluntad, alimentada por la sangre de Matthias.
Mientras tanto, Sabine se apresuró hacia Matthias, lo sujetó con firmeza y sacó sus manos del campo extraño creado por Marco.
—¡Matthias!
El dolor que lo había paralizado desapareció en un instante. Matthias miró sus manos con asombro: estaban intactas, sin un solo rasguño. Todo lo que había sentido, todo lo que había visto desmoronarse, no era más que una ilusión creada por el campo de desmaterialización de Marco.
Marco observó la escena con interés.
—El campo solo juega con los sentidos… pero el dolor se siente real, ¿no?
Matthias no le respondió. Su ira era incontenible. Se puso de pie con furia y, sin pensarlo dos veces, se lanzó sobre Crixo.
El guerrero aún agonizaba, sujetándose el abdomen con ambas manos, pero Matthias no tuvo piedad. Con un grito salvaje, descargó un golpe directo a su rostro. Luego otro. Y otro más. Sus puños se llenaron de sangre, pero no se detuvo.
Su respiración se volvió pesada. Sus brazos ardían. Algo dentro de él despertaba.
Su piel se resquebrajó.
Y en un parpadeo, sus brazos ya no eran humanos.
Las escamas oscuras cubrían su piel, sus manos ahora eran garras afiladas, su fuerza aumentaba con cada golpe. Pero Matthias apenas era consciente de ello. Solo veía a Crixo, el enemigo que había intentado acabar con él.
Leoric, sin perder más tiempo, lanzó sus lanzas de luz contra Marco. El alquimista de los Seneca ni siquiera intentó esquivarlas. En su lugar, con un movimiento preciso, activó su sello y las desintegró antes de que pudieran tocarlo.
—Noiresang —dijo Marco, con una leve sonrisa—, admiro que lo que acabas de hacer.
Leoric respiraba con dificultad, agotado por el uso de la alquimia.
—Sin duda, esas lanzas tienen el poder de un Draco Duce… han sido creadas gracias a la sangre de uno.
Las palabras de Marco resonaron en la mente de Leoric como un trueno.
Matthias… ¿había heredado el poder de un Draco Duce?
El destino de la batalla acababa de cambiar.
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