MARCELIN BERTHELOT, EL ULTIMO SABIO
MARCELIN BERTHELOT, EL ULTIMO SABIO
Si estas palabras han llegado a tus manos, significa que mi carne ha dejado de ser sostenida por la alquimia de los elementos. Soy Marcelin Berthelot, el hombre que la historia de Roma intentó borrar. No soy una sombra del pasado; soy el último de los sabios que no vendió su alma al brillo del acero imperial.
Muchos creen que la guerra comenzó con una espada. Se equivocan. Comenzó con la sordera de los hombres poderosos.
Recuerdo aquel cielo de estrellas líquidas cuando Cinereus descendió en el Año 0. Estábamos allí los cuatro sabios, rodeados por los generales del Imperio y los hijos de los nobles. Cuando el Gran Gris reveló que el poder residía en los corazones de los Draco Duces, el silencio de los soldados me aterró. En sus ojos no vi sabiduría, vi conquista.
Mi buen amigo Gustave Noiresang, un hombre de paz cuya única falta fue buscar la verdad, intentó calmar los ánimos, pero el veneno de la ambición ya corría por la asamblea. Cinereus, al ver que sus palabras se convertían en armas, me miró con una tristeza absoluta y me entregó la carga que he llevado por generaciones:
"Marcelin: diles que el mundo respira a través de nosotros. Mientras los siete corazones latan, la tierra florecerá. Si el último latido se apaga, el polvo reclamará hasta el recuerdo de Roma."
Poco después del Año 0, empecé a enseñar alquimia elemental para que el pueblo entendiera el mensaje de Cinereus. Pero un prófugo usó ese arte para asesinar al hijo menor del Emperador y, a cambio de su vida, entregó mi nombre. Vi cómo mataban a toda mi sangre frente a mis ojos. Me dejaron vivo para que caminara con ese silencio por el resto de mis días.
Pasé dos décadas en la oscuridad de una fosa, hasta que en el Año 24, mi gran amigo Gustave Noiresang se arriesgó a salvarme. Su familia, los Noiresang, acababa de sufrir su propio calvario: el Imperio los había desterrado por su uso de la alquimia de escamas. Roma tuvo miedo, pues mientras los dientes de dragón eran un recurso escaso que el César podía monopolizar, las escamas las podía conseguir cualquiera, ya que los dragones las cambiaban a menudo. Ese poder "del pueblo" aterrorizó al trono.
Fue en ese momento de pérdida donde fundamos la orden de Los Grises. Entendimos que no podíamos luchar con ejércitos, sino con secretos. Durante más de doscientos años, vigilamos desde las sombras. Cacus el cazador y el padre de Leoric se unieron a nuestra causa mucho después, comprendiendo que el Imperio estaba matando al mundo. Juntos planeamos el robo del corazón de Ruber, que Cacus entregó a su hijo Matthias en el año 290.
He dedicado tres siglos a vigilar. He visto corazones perderse en la traición y otros consumirse en la codicia. Pero mientras Matthias respire en este nuevo siglo, el ciclo no se ha roto. Él es el guardián de un latido que el mundo necesita para no morir.
Comentarios
Publicar un comentario