CAPITULO 3: Marco Seneca y Crixo
Capítulo 3: Marco Seneca y Crixo
La noche no era segura. Los campesinos, agradecidos por la ayuda de Matthias y los Noiresang, insistieron en que se quedaran con ellos, pero Sabine se mantuvo firme en su decisión.
-No podemos quedarnos. Si los romanos regresan con refuerzos o, peor aún, con un alquimista de los Seneca, nos atraparán. -Su voz era serena, pero sus ojos reflejaban preocupación.
Antes de partir, los aldeanos compartieron lo poco que tenían: pan duro, un poco de queso y agua. Fue un gesto humilde, pero significativo.
-Gracias por todo -dijo Matthias, tomando una hogaza de pan.
-Cuídense, muchachos. Roma no tiene piedad. -El anciano que les entregó los víveres les dedicó una última mirada antes de perderse en la penumbra.
Sabine lideró la marcha.
-Si seguimos este camino, evitaremos el cruce principal, pero Roma ha llenado la cordillera de los Apeninos con edificaciones. No hay forma de evitar su presencia por completo. Debemos movernos con cautela. -Advirtió mientras avanzaban entre la maleza.
El grupo se desplazaba con sigilo por un estrecho sendero entre murallas y un cuartel. Sin embargo, Matthias y Leoric tenían un defecto imposible de ignorar: no sabían ser silenciosos. Un tropiezo, una piedra suelta, el sonido metálico del equipamiento; cualquier pequeño ruido podía significar su ruina.
-Si hacen un ruido más, los dejaré atrás. -gruñó Sabine, mirando a ambos con desaprobación.
Pero ya era tarde. Los soldados del cuartel habían escuchado algo.
Desde lo alto del muro, dos figuras observaban el lugar donde se había originado el ruido. Un joven de cabellos oscuros, vestido con la túnica de los Seneca, conversaba con un coloso de dos metros de altura, de músculos esculpidos y una expresión salvaje.
Marco Seneca, alquimista de apenas dieciocho años, miró de reojo a su compañero.
-Si es otro animal el que está causando este alboroto, no quiero que te entrometas. Pero si son esos dos niños y la joven Noiresang que estamos esperando… contigo bastará para capturarlos. -Su tono era tranquilo, pero su mente calculaba cada posibilidad.
Crixo, el gladiador, dejó escapar una carcajada.
-¿Dos niños y una mujer? Será pan comido. -Se tronó los nudillos con una sonrisa confiada.
Marco no compartía su entusiasmo. No confiaba en nadie en Roma, ni siquiera en los gladiadores pagados que lo rodeaban. Estos hombres solo servían al Imperio por obligación, y muchos de ellos traicionaban cuando se les presentaba la oportunidad.
Crixo lo miró con burla.
-Tú también eres un prisionero de Roma, aunque no lleves cadenas.
Marco guardó silencio. No podía negarlo.
Sabine actuó rápido. Se arrodilló y trazó con rapidez un sello sobre la tierra. Ofrendó quince escamas y activó el “Aroma Púrpura”, un hechizo diseñado para confundir los sentidos de los soldados, reduciendo su percepción.
Pero Marco Seneca no era un soldado común. Apenas el aroma se dispersó en el aire, él lo notó.
-Alquimia... -susurró con una sonrisa apenas perceptible. Aquello solo confirmaba que su presa estaba cerca.
Antes de que pudiera alertar a los demás, un sonido repentino captó su atención. Golpes fuertes, incontrolados.
Matthias estaba golpeándose los brazos, luchando contra un impulso que no podía contener. Su sangre hervía con el deseo de pelear, de lanzarse al combate. Sabine intentó sujetarlo con fuerza.
-¡Matthias, contrólate! Nos van a descubrir… -pero él apenas la escuchaba.
Leoric no esperó más. Se adelantó y activó su alquimia.
-¡Resplandor Guardián! -ofrendó veinte escamas y una barrera dorada se extendió a su alrededor.
Sin perder tiempo, ofrendó veinte más.
-¡Filo Solar! -Finas lanzas de luz se materializaron repentinamente detrás del muro del cuartel, atravesando el aire como rayos fugaces.
Los soldados romanos gritaron sorprendidos cuando las finas lanzas de luz atravesaron los muros del cuartel como si fueran de papel, perforando sus cuerpos sin darles oportunidad de reaccionar. Los proyectiles dorados se clavaron con precisión en el interior de la fortificación, generando destellos cegadores mientras los centinelas caían uno a uno, sin comprender de dónde venían los ataques. Solo vieron la luz cortando la oscuridad con furia implacable antes de que el dolor los consumiera.
Mientras tanto, Crixo miró el espectáculo con emoción.
-Solo me alimento de sangre de dragones... -declaró con su típica sonrisa macabra.
Marco, que había escuchado la misma frase incontables veces, la repitió al mismo tiempo, con el tono de un niño imitando con inmadurez:
-Solo me alimento de sangre de dragones…
Crixo lo miró de reojo, divertido, mientras Marco simplemente cruzaba los brazos y suspiraba.
El combate estaba por comenzar.
Crixo avanzó con una ferocidad descomunal, su trote se transformó en una embestida brutal, y cada uno de sus pasos hacía retumbar la tierra bajo sus pies. Las lanzas de luz que Leoric había conjurado chocaban contra su piel sin efecto, disipándose como si hubieran golpeado una pared de acero. La incredulidad asomó en los ojos de Leoric al ver cómo su ataque más poderoso no lograba siquiera ralentizar al coloso que se acercaba.
Con un rugido gutural, Crixo se impulsó hacia adelante, atravesando el aire con una fuerza devastadora. Saltó el muro con la facilidad de una bestia desatada, y su sombra cubrió a todos por un instante antes de que su forma se desplomara frente a ellos. Sus ojos ardían de impaciencia y furia contenida.
Matthias ya estaba listo. Sus brazos se habían transformado, las escamas de dragón cubrían su piel con una dureza impenetrable. Cuando los puños de Crixo descendieron como martillos, Matthias los detuvo con ambas manos, resistiendo el impacto que habría reducido a polvo a cualquier otro. Sin embargo, la diferencia de poder se hizo evidente de inmediato. Crixo sonrió con perverso deleite, lamiéndose los labios como un depredador que ha encontrado su presa favorita.
-Me encantan los dragones… -murmuró con voz ronca, sus ojos brillando con hambre-. Sobre todo cuando están muertos.
Antes de que Matthias pudiera responder, sintió el suelo desaparecer bajo sus pies. Crixo lo alzó con facilidad monstruosa y, con un grito de júbilo, lo arrojó con fuerza descomunal. Matthias atravesó el aire y chocó violentamente contra la estructura del cuartel, destrozando parte de la muralla con su impacto. El estruendo resonó en todo el campamento.
Los soldados, que hasta ese momento habían sido espectadores, se lanzaron sobre Matthias con armas en alto, esperando acabar con él mientras estaba debilitado. Pero en ese instante, Sabine, con una mirada severa y concentrada, dejó caer veinticinco escamas sobre el sello que había trazado en el suelo. Un fulgor carmesí se elevó en el aire, un aroma denso y embriagador se propagó como una corriente invisible, flotando velozmente hasta donde yacía Matthias.
La sangre derramada por Matthias, provocada por los cortes de espadas y lanzas, comenzó a reaccionar. Desde cada herida, las escamas brotaron con rapidez alarmante, cubriendo su cuerpo como si el mismo instinto del dragón intentara protegerlo. Los soldados que estaban sobre él se detuvieron de inmediato, paralizados por el terror. Algunos comenzaron a retroceder, y otros, dominados por el miedo, huyeron sin mirar atrás.
Matthias aún estaba consciente, su mente aferrada a su humanidad, pero su cuerpo temblaba bajo el peso del poder desatado. La transformación casi completa lo mantenía inmóvil, incapaz de levantarse. Su respiración era errática, y cada latido de su corazón resonaba como un tambor de guerra dentro de él.
Desde el otro lado del campo de batalla, Crixo observaba con un brillo enfermizo en los ojos. Se relamió con deleite, su emoción desbordándose.
-Por fin… sangre de Draco Duce… -susurró, su voz impregnada de un placer oscuro.
Fue entonces cuando una figura emergió detrás de Matthias. Marco Seneca, con la serenidad de quien sabe que tiene el control, avanzó sin prisa. Con precisión calculada, dejó caer tres dientes de dragón sobre un sello trazado en el suelo. Al instante, las líneas de alquimia se iluminaron con un resplandor dorado, y sus manos irradiaron una energía cálida y poderosa. No había agresión en sus gestos, solo una observación detenida de la escena que se desplegaba ante él.
-Niño dragón… -murmuró Marco, su voz resonando con un tono solemne-. Dime tu nombre.
Matthias, aún sin poder moverse, sintió la intensidad de la mirada del alquimista sobre él. Marco no buscaba intimidarlo ni someterlo, sino entenderlo. Algo en la esencia de Matthias lo intrigaba profundamente.
-Es cierto lo que dicen de ti… -continuó Marco con calma-. ¿Realmente deseas otro corazón de Draco Duce en tus manos?
Hubo un silencio tenso en el aire. La respiración pesada de Matthias era el único sonido entre los susurros temerosos de los soldados que aún no se habían retirado por completo.
Marco suspiró, como si entendiera el conflicto dentro de Matthias. La compasión en su mirada era genuina. Había aprendido de su madre a no juzgar con facilidad, y en ese momento, no veía a un enemigo, sino a alguien atrapado en una encrucijada.
-Levántate -dijo Marco al fin, su voz firme pero sin ira. Su mirada se centró en Matthias con una mezcla de interés y expectación-. Tienes una decisión que tomar, joven dragón. Si deseas continuar con esta lucha, te ofreceré una oportunidad. Pero no te engañes: el precio será alto. No mato a quien aún no ha decidido su destino.
El silencio fue roto por la risa grave de Crixo. Su paciencia se había agotado.
-¡Basta de juegos, Seneca! -rugió con impaciencia, su cuerpo tensándose con el deseo de lanzarse de nuevo al combate-. Ese niño ya no tiene opción. Su destino está escrito en su sangre.
Crixo avanzó con intención asesina, pero su ataque se detuvo en seco. Frente a él, con el rostro iluminado por la luz del sello alquímico, estaba Sabine. Sus manos firmemente apoyadas en el suelo, preparándose para liberar otra ofrenda, esta vez mucho más poderosa.
Crixo gruñó, sintiendo la amenaza en el aire. No dio un paso más, pero su paciencia estaba al límite.
A unos metros, Leoric yacía sobre el camino de escape, su cuerpo cubierto de sangre y moretones. Apenas podía moverse, pero su voluntad seguía inquebrantable. Con gran esfuerzo, levantó una mano, buscando apoyo, hasta que su mirada se cruzó con la de Sabine. Ella lo vio y supo que el tiempo se agotaba.
Crixo, con la furia acumulada en cada músculo, dejó escapar un rugido frustrado antes de lanzarse una vez más. Pero antes de que pudiera dar el primer golpe, la voz de Marco resonó con autoridad.
-Crixo.
El gigante se detuvo, su expresión endureciéndose. Marco lo miró con firmeza, con la seguridad de alguien que no teme al monstruo frente a él.
-No hagas un movimiento más -sentenció Marco-. Deja que el niño decida su propio destino.
Las palabras del alquimista quedaron suspendidas en el aire. Crixo, aunque su cuerpo exigía violencia, sintió algo extraño en la actitud de Marco. Algo que no lograba comprender del todo.
-¿otra vez con tu estúpida misericordia, Seneca? -gruñó con desconfianza.
Marco solo desvió la mirada hacia Matthias, aún tendido en el suelo. Con voz grave, concluyó:
-Este poder no dicta quién eres. Solo tú decides si sucumbes o si luchas.
El conflicto estaba en su punto álgido. Matthias debía elegir, y todos esperaban su respuesta.
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