CAPITULO 5: LOS NUEVOS GRISES
CAPITULO 5: LOS NUEVOS GRISES
El silencio en el cuartel era denso, cargado del olor a ozono y sangre. Crixo, arrodillado y sujetándose el abdomen, rugió con una furia animal mientras intentaba abalanzarse sobre Matthias. Pero antes de que el primer músculo de su pierna se tensara, Marcelin Berthelot golpeó el suelo con su bastón de madera nudosa. Un crujido sordo recorrió la piedra y, de las grietas bajo los pies del gigante, brotaron raíces gruesas y oscuras que se enroscaron con una fuerza sobrenatural alrededor de sus extremidades, anclándolo al suelo. Crixo forcejeó, pero cada movimiento hacía que las raíces se apretaran más, como si la misma tierra estuviera reclamándolo.
Marco Seneca observó la escena con asombro, desactivando su sello de desmaterialización. Marcelin avanzó un paso, quedando frente al joven alquimista.
-Tu técnica es precisa, Marco… -dijo el anciano, su voz era como el susurro del viento en un desfiladero-, pero está vacía.
Marco frunció el ceño.
-Cumple su función.
-Sí… -asintió Marcelin-. Como una herramienta.
Marco apretó los puños.
-Mi deber es con Roma.
Marcelin lo miró fijamente.
-¿Roma… o el miedo de desobedecerla?
El aire se tensó. Crixo rugió desde el suelo, luchando contra las raíces.
Marcelin señaló a Matthias, que respiraba con dificultad entre los brazos de Sabine.
-Míralo bien.
Marco no respondió.
-No estás viendo un enemigo… -continuó Marcelin-. Estás viendo lo único que queda.
-Eso es absurdo.
-No -replicó el anciano con serenidad-. Lo absurdo… es creer que puedes encerrar un latido en una caja… y que el mundo siga respirando igual.
Marco bajó la mirada un instante.
-El Imperio mantiene el orden.
-El Imperio mantiene cadáveres quietos… -dijo Marcelin- y lo llama orden.
El suelo volvió a vibrar cuando Crixo intentó liberarse.
Marcelin dio un paso más, acercándose a Marco.
-Si entregas a ese niño… no estarás sirviendo a Roma.
(pausa)
-Estarás ayudando a enterrarlo todo.
El silencio se volvió pesado. Marco respiró hondo. Miró a Crixo atrapado, luego a los tres jóvenes heridos. El conflicto cruzó su rostro. Finalmente, dio un paso atrás.
-Váyanse -susurró-. Mi piedad tiene un límite que mi padre no perdonará. Si los vuelvo a ver en un campo de batalla… no habrá palabras.
Marcelin asintió. Sin decir más, guio a los tres jóvenes hacia lo profundo del bosque. Caminaron hasta un claro oculto por sauces centenarios. Allí, el anciano apoyó su mano en un tronco. Ante sus ojos, las ramas comenzaron a moverse, no se rompieron, no cayeron. Se entrelazaron, formando una tienda viva, protegida por un manto de hojas perennes que susurraban con el viento.
A la mañana siguiente, tras un sueño reparador, Marcelin pidió a los tres que se sentaran a su alrededor. Matthias sentía que el calor de Ruber en su pecho estaba más tranquilo, pero el peso de lo que era comenzaba a asfixiarlo. Leoric y Sabine lo observaban en silencio. Para ellos, Marcelin siempre había sido un anciano más. Ahora lo veían como una leyenda.
Marcelin se arrodilló y apoyó las palmas en el suelo. La tierra respondió. Las briznas de hierba y las pequeñas raíces comenzaron a moverse, entrelazándose hasta formar un mapa vivo de las regiones donde alguna vez reinaron los siete dragones.
-La alquimia que conocen... es un robo -dijo Marcelin, mirando a Sabine, quien apretaba su bolsa vacía de escamas-. Roma les enseñó que necesitan dientes y escamas para crear poder. Pero el alma de los dragones no murió con sus cuerpos; su esencia se dispersó en el agua, en el viento, en las raíces que pisamos.
Sabine lo miró con curiosidad.
-¿Plegarias?
-Sí. -Marcelin levantó la mirada-. Cada vez que toco la tierra o un árbol, le pido a Cinereus que actúe a través de mí. No es mi poder, es el suyo.
Impactada por esta revelación, Sabine tomó una decisión.
-Debo aprender esto. Si no puedo proteger a Matthias con escamas, lo haré con la tierra misma. Me quedaré aquí a entrenar.
Pasó un mes. Mientras las heridas de Leoric sanaban y Matthias aprendía a contener el fuego que amenazaba con desbordarse, Sabine se hundió en el silencio del bosque, aprendiendo a hacer plegarias a la naturaleza bajo la guía de Marcelin.
El día de la partida llegó. Matthias y Leoric, impacientes por el tiempo perdido y preocupados por el rastro de Trajano, se prepararon para seguir su camino. Sabine los abrazó con una serenidad nueva; ya no dependía de lo que llevaba en su bolsa, sino de lo que sentía bajo sus pies.
Marcelin puso una mano en el hombro de Matthias antes de que partieran.
-Escucha bien, pequeño dragón. Tu misión no es ser un cazador. Debes ayudar a los otros cinco humanos que, como tú, portan un corazón de Draco Duce. Ellos son igual de importantes para la prosperidad de este mundo.
Matthias asintió, pero Marcelin lo sujetó con más fuerza, su voz se volvió un susurro cargado de una verdad terrible.
-Hay un último secreto, Matthias. La única forma de salvar un corazón de Draco Duce dentro de un humano es cuando el humano le cede su cuerpo al dragón. En ese instante, el Draco Duce vuelve a la vida en toda su gloria… pero el cuerpo y el alma del humano desaparecen para siempre. Desapareces tú, para que viva él.
Matthias sintió un frío repentino en el pecho, justo encima del latido ardiente de Ruber. Miró a Leoric y luego a Sabine, que lo observaba desde la tienda de sauces.
-Lo entiendo -dijo Matthias, con voz firme.
Con esa carga sobre sus hombros, los dos amigos se internaron en las montañas, dejando atrás el refugio de los Grises, mientras Marcelin observaba cómo el niño que partía comenzaba a aceptar que su vida ya no le pertenecía solo a él.
A cientos de kilómetros del bosque, en lo alto de los Apeninos, el frío de la noche mordía la piel. El campamento romano estaba en calma. El sonido del metal contra la piedra rompía el silencio.
Trajano afilaba su espada, chispa tras chispa, lenta, precisa.
A su alrededor, otros cazadores hacían lo mismo, algunos en silencio, otros murmurando entre ellos. Nadie hablaba con él. Nadie se atrevía.
Entonces, pasos apresurados.
Un soldado irrumpió en el campamento, jadeando.
-¡Lo encontraron!
Las manos se detuvieron. Las miradas se alzaron.
-¿Qué cosa? -preguntó uno de los cazadores.
El soldado tragó saliva.
-El corazón de Ruber… no está perdido. Lo tiene un niño.
Algunos soltaron una risa incrédula.
-¿Un niño?
-No solo eso… -continuó el soldado, aún agitado- humilló a un Seneca… y a toda una legión.
El silencio se volvió absoluto.
Una chispa saltó.
Trajano no levantó la mirada, pero sus hombros empezaron a moverse. Una risa baja escapó de su garganta. Luego otra. Y otra más. Hasta que no pudo contenerse.
Rió. Rió sin control.
Una carcajada profunda, desbordada, que rompió la tensión del campamento.
Los cazadores lo miraron con incomodidad. Algunos con miedo. Otros con confusión.
Trajano se puso de pie, aún riendo, y tomó su espada.
-Claro… -murmuró entre carcajadas- tenía que ser él…
Sin decir más, se dirigió a su tienda.
Dentro, el movimiento fue rápido. Armas, capa, equipo, todo lo necesario.
Su expresión cambió. Ya no reía. Ahora… estaba decidido.
-No tendrás que cargar con esto, hermano… -susurró.
Ajustó su espada al cinturón.
Y salió.
Apenas dio unos pasos fuera del campamento, una voz lo detuvo.
-Nadie abandona el campamento sin autorización.
Un Seneca, de pie frente a él, altivo, frío.
Trajano lo miró sin interés.
-Solo iré a ver a mi hermanito.
El Seneca entrecerró los ojos.
-Nadie te ha dado permiso para hablar. Ni para moverte.
El aire se volvió tenso.
-Átenlo.
Dos cazadores dudaron un instante… pero obedecieron. Cadenas, hierro frío. Las ataron a sus brazos, a su torso, fijándolo contra una estaca en el centro del campamento.
Todos observaban. Nadie intervenía.
Trajano no opuso resistencia.
Y entonces… volvió a reír.
Primero bajo. Luego más fuerte. Hasta convertirse en una carcajada que heló la sangre de todos.
-¿De verdad creen… -dijo entre risas- que esto va a detenerme?
Nadie respondió.
Los cazadores intercambiaron miradas. Algunos retrocedieron. Otros simplemente no entendían.
Pero todos pensaban lo mismo:
Trajano se había vuelto loco.
Y aun así… nadie podía dejar de mirarlo.
Porque en esa risa… no había locura.
Había algo peor.
Confianza absoluta.
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