CAPITULO 6, EL PESO DE LA SANGRE

CAPITULO 6: EL PESO DE LA SANGRE

PARTE 1:

El aire bajo el anfiteatro era espeso. Saturado de un olor a hierro, sudor antiguo y desesperación.

Los guardias empujaron a Trajano Drago con la punta de sus lanzas. Lo obligaron a entrar en una celda de piedra húmeda.

El chirrido de la puerta metálica al cerrarse fue como el de una mandíbula de hierro atrapando a su presa.

Dentro, la penumbra estaba habitada por sombras que se movían. Guerreros de todas las naciones capturadas por el Imperio -galos, tracios, germánicos- lo observaban desde los rincones.

-Otro cordero para el matadero -masculló un hombre gigante en la esquina-. ¿Por qué te envían aquí, romano?

Trajano se sacudió el polvo de su túnica rota. Se apoyó contra la pared con una calma que desentonaba con el lugar.

Los demás prisioneros hablaban con odio, jurando que un día las calles de Roma arderían bajo su rebelión. Trajano solo escuchaba, con una media sonrisa en el rostro.

-Yo no busco tronos ni incendios -respondió Trajano. Su voz cortaba el murmullo de las quejas. -Mi único sueño es volver a estar con mi hermano menor. Solo eso.

Los prisioneros se miraron entre sí, confundidos por la sencillez de su deseo en un lugar tan brutal. Pero la charla se interrumpió cuando unos pasos pesados y rítmicos resonaron en el pasillo exterior.

Una figura imponente se acercó a los barrotes. Era un hombre de una envergadura aterradora, pero caminaba con dificultad. Cojeaba con la rigidez de quien ha sido atrapado por las raíces de la tierra. Tenía el torso y los brazos envueltos en vendajes manchados de sangre seca.

A pesar de sus heridas, los prisioneros se pusieron de pie de inmediato. Se acercaron a la reja con un respeto casi religioso.

-¡Crixo! -exclamaron varios. Estiraban las manos entre los espacios del metal para saludar al gigante.

Crixo soltó un suspiro ronco. Se aferró a los barrotes para sostener su peso. Miró a sus hombres como un padre mira a sus hijos tras una derrota.

-Marco y yo hemos sido vencidos -dijo Crixo. Su voz cargada de una amargura que no podía ocultar.     -Es probable que tengamos a Marco de vuelta aquí con nosotros muy pronto. Su padre Lucius no perdona el fracaso; lo castigará humillándolo. Lo convertirá en gladiador otra vez, como ya hizo en el pasado.

Un silencio sepulcral cayó sobre la celda. Pero entonces, desde el fondo, surgió un sonido que nadie esperaba: una risa.

Trajano se acercó a la luz. Caminaba con una elegancia que hizo que los prisioneros se apartaran. Miró a Crixo a los ojos y su risa se volvió más sonora, casi insultante.

-¿Así que ustedes son los "grandes guerreros" que fueron derrotados por Matthias? -preguntó Trajano, riendo sin parar. -¡Mírate! Eres enorme, fuerte, y no estabas solo... ¡ibas con una legión entera! Lo escuché todo en el campamento. ¡Es increíble la fuerza que tiene ese niño!

La cara de Crixo se transformó. Con un rugido de furia, golpeó los fierros de la puerta con sus manos vendadas. Hizo que toda la estructura vibrara, aunque el dolor de la alquimia de los Grises aún crispaba sus músculos.

-¿¡Conoces a ese niño!? -gritó Crixo-. ¡Dime por qué lo conoces! ¡Habla!

Trajano no respondió. Solo mantuvo su sonrisa desafiante.

Crixo, incapaz de contenerse, se dio la vuelta y se alejó rápidamente por el pasillo. No pasó ni un minuto cuando el sonido de botas militares volvió a escucharse.

La puerta se abrió de golpe. Dos guardias entraron y sujetaron a Trajano por los brazos. Lo arrastraron fuera de la caverna como a un perro entregado a su dueño.

Lo llevaron hasta una estancia privada. Allí, de pie y con la armadura aún abollada, lo esperaba Marco Seneca. Sus ojos estaban inyectados en sangre.

-¿Quién eres? -preguntó Marco. Se acercó tanto que Trajano podía oler el vino y el sudor de la batalla en él. -¿Y qué relación tienes con ese niño, con Matthias?

Trajano levantó la cabeza. Su mirada brillaba con un orgullo que ninguna cadena podría romper.

-Soy su hermano -respondió con una voz tranquila y profunda.

PARTE 2:

Lejos de la piedra fría de Roma. En una aldea fiscalizada por el Imperio. La imprudencia de la infancia jugaba con fuego.

Matthias y Leoric caminaban por el mercado preguntando sin escrúpulos por los "Corazones de Draco". Llamaban la atención de cada par de ojos romanos en la zona.

Livia los observaba desde la rendija de su puerta de madera. Veía a los dos niños, exhaustos y descuidados. Mientras, una patrulla de legionarios doblaba la esquina.

Ella sabía que si los atrapaban, los interrogatorios llevarán a cada rincón del pueblo... incluido el suyo.

Ajustó el pequeño colgante con la "S" rúnica que ocultaba bajo su túnica de campesina. De un movimiento rápido, los metió dentro.

Livia cerró la pesada puerta de madera y corrió el cerrojo con un sonido seco. Se gira hacia los niños, que aún recuperan el aliento. Los mira con una comprensión profunda.

-Sé a quiénes buscan esos soldados -dice ella en un susurro firme. -Y sé que no tienen idea de lo que llevan encima. No soy su enemiga, pequeños. Al igual que ustedes, yo también tuve que dejar una vida atrás para no ser devorada por Roma. En esta casa están a salvo, porque el secreto de ustedes es ahora el mío también.

Tras alimentarlos, la atmósfera se volvió más ligera. Livia, joven y bella, sentía por primera vez en mucho tiempo el alivio de hablar con otros perseguidos.

-Muy bien, pequeños guerreros -dice con un guiño coquetamente. -Las reglas en esta casa son simples: yo les cuento mi historia y ustedes la suya. Un secreto por un secreto. Es justo, ¿no creen?

Livia desplegó entonces un mapa enorme del Imperio. Se concentró en el corazón de mármol: Roma.

-Aquí solo encontrarán dos de los corazones -explicó, señalando la capital. -Ya que los otros tres desaparecieron en las fronteras hace décadas y no están en Roma desde hace años.

Señaló un punto específico. -Uno lo tiene el hijo mayor del antiguo emperador. El corazón VIRIDIS le dio tanta vida que el paso de los años no ocurre en él.

-El otro, el corazón FULVUS, fue entregado no hace mucho a un cazador de dragones joven. El cual destacó entre todos y se lo ganó en un enfrentamiento a muerte organizado por el emperador.

Matthias y Leoric miraron el mapa en silencio. Comprendían que su viaje apenas comenzaba.

PARTE 3:

Marco Seneca retrocedió un paso, impactado. La respuesta de Trajano vibraba en el aire de la estancia privada como un trueno.

-¿Su hermano? -susurró Marco, frunciendo el ceño. -Mis informantes dijeron que solo eras un cazador insolente que había faltado el respeto a un oficial en el campamento... No mencionaron que compartías sangre con el portador de Ruber.

Antes de que Trajano pudiera añadir algo más, un soldado entró jadeando. Interrumpió el silencio.

-¡Comandante Marco! -gritó el mensajero-. Tenemos noticias. Han localizado el paradero de los niños. Se encuentran en un pueblo a 300 kilómetros al norte de aquí.

Marco intercambió una mirada rápida con Trajano. Sin decir palabra, le hizo una seña a los guardias para que le quitaran las pesadas cadenas. Aunque mantuvo sus manos atadas con una cuerda corta.

-Sígueme -ordenó Marco con una voz que no admitía réplicas.

Caminaron a paso rápido por las calles de Roma. Esquivaban a los ciudadanos que se apartaban ante la presencia del comandante. Se dirigían hacia las cuadras donde aguardaban los caballos de la legión.

Trajano, desconcertado por la repentina libertad, rompió el silencio.

-¿Por qué te acompaño, Seneca? -preguntó Trajano. Observaba el perfil tenso del romano. -¿Soy tu escudo o tu carnada?

Marco se detuvo frente a un semental negro y se giró hacia él. Sus ojos ya no tenían la frialdad del Imperio. Sino la urgencia de alguien que sabe una verdad prohibida.

-Me acompañarás porque tú eres el único que puede convencer a Matthias de que se aleje de este Imperio -respondió Marco. -Si Roma lo alcanza, no habrá piedad.

En ese momento, Trajano lo comprendió todo. La derrota de la que Crixo hablaba en el calabozo no había sido una humillación militar. Había sido un acto de voluntad.

Marco había dejado ir a Matthias.

-¡Crixo! -rugió Marco hacia el final de la calle.

El gigante apareció cabalgando. Todavía vendado pero con una firmeza que desafiaba a sus heridas. Al ver a Trajano junto a su comandante, Crixo frenó en seco, confundido.

-¿Él nos acompañará? -preguntó Crixo. Miraba con desconfianza al hombre que hace minutos se reía de él en la celda.

-Es el hermano de Matthias -sentenció Marco mientras montaba su caballo.

El viaje comenzó de inmediato. Mientras cabalgaban a toda velocidad, dejando atrás las murallas de Roma, Marco se acercó a Trajano. Habló para que solo él pudiera escucharlo sobre el galope de los caballos.

-Escúchame bien, Drago. Tu hermano no debe morir. No es solo por él... es porque los corazones de los dragones son el motivo por el cual este mundo aún respira. Si el Imperio los consume todos, no quedará nada.

Trajano asintió en silencio. Ya no había dudas: Marco Seneca estaba arriesgando su linaje y su vida por proteger el equilibrio del mundo.

Sin embargo, la voz de Crixo volvió a tensar el ambiente.

-Lamento decirles que Lucio se nos ha adelantado -dijo Crixo, mirando hacia el horizonte norte.

-¿Quién es Lucio? -preguntó Trajano, sintiendo un nuevo nombre de peligro en la lengua.

-Es mi primo -respondió Marco con amargura. -Un hombre que no conoce la piedad. Busca a su hermana Livia, la cual fue vista por última vez en el mismo pueblo donde se esconde tu hermano.

Trajano apretó las riendas. El tablero estaba listo.

Marco y Crixo eran sus aliados, pero el tiempo se les agotaba. Lucio Seneca ya estaba en camino hacia la aldea donde Livia, Matthias y Leoric compartían secretos frente a un mapa.

PARTE 4:

En lo más profundo del Palatino, el silencio era tan pesado como el mármol de las columnas.

El Emperador permanecía sentado en su trono, flanqueado por las dos fuerzas más temibles de Roma.

A su derecha, el joven portador de FULVUS. Con una armadura de escamas doradas que relucía bajo las antorchas. A su izquierda, el portador de VIRIDIS. El hijo del antiguo César, cuya piel lisa y mirada milenaria contenían la fatiga de siglos.

En la audiencia, apartado a un lado, se encontraba el padre de Marco. El patriarca Lucius Seneca mantenía una postura rígida. Pero sus manos temblaban imperceptiblemente bajo la toga.

Un mensajero entró corriendo y se postró de rodillas, rompiendo el aire con su noticia.

-¡Augusto! -jadeó el hombre-. Un Seneca ha abandonado Roma sin autorización. Se informa que el comandante Marco ha partido hacia el norte escoltando a un prisionero.

El aire en la sala pareció congelarse. Lucius palideció de inmediato, sintiendo cómo el peso de la traición caía sobre sus hombros.

Era la segunda vez en pocos años que su propia sangre desafiaba al Imperio. Primero Livia, su sobrina, y ahora su propio hijo y heredero.

El Emperador se levantó lentamente de su trono. Su sombra proyectándose larga sobre el suelo mientras miraba fijamente al joven cazador a su derecha.

-Ve tras él -ordenó el César al portador de FULVUS. -Encuentra a Marco Seneca y dale un castigo que Roma no olvide. Que nadie vuelva a pensar que la desobediencia queda sin precio.

El joven cazador no pronunció una sola palabra. Solo asintió. Su mano acariciaba el pomo de una espada que emitía un sutil brillo ámbar que hacía vibrar el aire de la sala. Listo para la cacería.

Sin embargo, una voz profunda y calmada, cargada con la autoridad de quien ha visto caer a diez emperadores, detuvo el movimiento en la sala.

-Mides el destino con la vara de un hombre mortal, César -dijo Viridis. Y el uso del título sonó casi como una burla. -Crees que enviar a tu nuevo juguete tras un Seneca es un acto de fuerza, pero solo estás mostrando tu miedo.

El César apretó los puños sobre el oro de su trono. Pero el silencio que siguió fue absoluto.

Lucius, el padre de Marco, bajó la cabeza, aterrado. Mientras, el portador de Fulvus se daba la vuelta para partir. Dejaba atrás una tensión que amenazaba con devorar los cimientos de Roma.

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